HISTORIA DE UN DIAGNÓSTICO «TARDÍO»

Os voy a contar la historia de un diagnóstico tardío

No espero que seáis capaces de entender todo cuanto me ha sucedido. Tampoco que empaticéis. Solo espero que cada una de estas palabras se os vengan a la mente cuando creáis que es mejor no tener “etiquetas” o respuestas.

La primera vez que fui consciente de que tenía que esforzarme mucho para encajar, era relativamente pequeña. Recuerdo como en la pandilla en la que jugábamos me sentía que no tenía sitio para mi por mi misma. Cuando había alguna de las mayores, la cosa iba bien, pero en general no era así. Tampoco me ayudaba ver que mi hermana, obviamente por la edad, no quisiera que la siguiese a todas partes. Llámalo, amor infinito, admiración, pero estaba claro que no respetaba su espacio, pero cuando me dejaban sola, ¿Cuál era mi espacio?

En el primer colegio al que fui, era algo horrible. Para las niñas no era lo suficientemente femenina para jugar a sus juegos (que me aburrían soberanamente) pero para los niños, ellos tampoco me veían igual como para formar parte de los suyos. Un día precisamente me castigaron por querer ir tras ellos mientras parecía que se escondían de mi, me dolió mucho y estuve un buen rato llorando encima de una profesora, de las pocas amables que recuerdo de ese centro.

Al año siguiente, un accidente jugando haría que pasase el curso escolar entre el hospital y casa por una rotura ósea. Me sentí bien a pesar del dolor, las curas y los médicos. El estar entre adultes hacía que el día a día fuese más relajado, aun cuando a ratos me aburriese.

Cuando quise darme cuenta, por más que lo intentaba en la pandilla de casa o en el cole, no tenía amistades fijas. Iba de casa en casa, de persona en persona, esperando encajar con alguien. Sencillamente era difícil. Mis intereses no siempre eran coincidentes con los del resto y era palpable. Yo estaba por estar, rodeada de los demás porque eran lo que decían ¿no? “Corre allí está tal persona para jugar”, pero al cabo de un rato cada cual iba a sus intereses.

En esa etapa recuerdo también con cierta sonrisa mis visitas al logopeda. Era risueña pero obediente con las pautas que me daba. Siempre me ponía juegos divertidos que se me hacían sencillos. Se que ya anda jubilado, pero fue una magnífica persona conmigo. Cuando quise darme cuenta sonaba fonéticamente perfecta.

El problema era que, al sonar tan fonéticamente perfecta, las burlas llegaron. Mi acento no era de un sitio, ni de otro. Empecé a sonar según me decían “petulante”, porque además de ese acento sacaba buenas notas, y eso me molestaba. Me molestaba porque entre otras cosas, en mi casa el sacrificio y esfuerzo diario por el estudio era nuestra única obligación real. Si fallábamos en ella, los enfados y castigos eran importantes.

Por eso cuando mi hermana empezó a sufrir bullying y me ofrecieron un cambio de centro para ir al mismo juntas (era privado) sinceramente vi una oportunidad de empezar de nuevo. Conocer gente nueva que no me insulte, donde quizá no me sintiera tan perdida. Pero qué equivocada estaba.

El cambio inicial no fue malo. Diría que los primeros años en ese centro fueron bastante mejores, pero claro, hay cosas que por más que lo intentes no puedes ocultar de ti. No podía evitar llorar a la mínima que me sintiera atacada. Tampoco la necesidad de evadirme en aquellas materias que me parecían soberanamente aburridas con algún entretenimiento propio. Pero más o menos tenía un grupo de amistades bastante aceptable para hacer vida social fuera del cole.

Lo difícil vino cuando iba terminando sexto de educación primaria. Había entrado una chica nueva que era muy afortunada porque se le daba bien todo. De veras, era genial. Entonces me di cuenta que, muchas de esas amistades solo recurrían a mi por el tema académico, porque dejaron de contar conmigo. Aun alguna niña me llamaba para quedar. Pero me sentía fuera de onda, con la necesidad constante de hacer constar mi presencia, y viéndolo en perspectiva eso, junto a que mis enfados tenía tendencia a resolverlos pegando (gracias familia por reírse en algunos momentos así y que pensara que era una forma aceptable de resolver conflictos), lo empeoró.

Al año siguiente, de repente, con el inicio de la educación secundaria, las amistades fueron cambiando, los grupos se disolvieron, aumentando, o bien, disminuyendo. Las amistades de siempre, ya no querían saber nada de mí. Me había convertido en una especie de paria social, aunque un sigo sin saber cómo, ni por qué. Supongo que la sensación que tenía es que mis compis habían crecido pero yo no.

Y aquí empezó la debacle. Me volví el hazmerreír de mi clase. La gente era bastante cruel conmigo porque a menudo, bien se reían, bien me obviaban cual vacío existencial, bien me insultaban. No eran absolutamente toda la gente claro, pero el resto con su silencio en cierto modo era partícipe. Mejor que se metan con ella que conmigo. Cuestión de supervivencia supongo.

Entonces la literatura clásica, como forma de evadirme en los patios, llegó a mi vida. Me juntaba con un par de chicas que me caían bien, pero que no teníamos demasiado en común, solo para evitar estar sola, sola, y llamar la atención del profesorado. Eran compis correctas en un momento dado para un trabajo en grupo. Me dejaban organizar y proponer, así que con un poco de esfuerzo sacábamos una nota aceptable.

Pero un buen día, tuve la genial idea de meterme con una chica de reciente incorporación (entonces éramos cuatro), lo cual, motivó que mi interés especial por la literatura se aumentara, dado que fui expulsada por dar un meeting a ellas sobre la peligrosidad de las drogas (aquella fumaba porros e incitaba al resto a hacerlo). Ese enfrentamiento me costó la amenaza constante de esa chica y de su grupo de fuera del colegio. Por ese motivo, cual chica del siglo XVIII y por malinterpretación del entorno pensé: “Si tuviera un amigo como antes con quien compartir mis gustos, nadie se atrevería a hacerme daño y no estaría sola”.

Ese pensamiento me llevó a concatenar parejas con cada vez mayor grado de control y abusividad. Mayormente, por no saber reconocer los límites entre lo correcto o no, lo admisible o no. Todo lo que no fuese directamente una ofensa física directa, no la consideraba una agresión. Las manipulaciones, controles y falta de libertad habían llegado y yo, inconscientemente de mí, creía sentirme segura. Claro, al menos en un sistema de control, por dictatorial que fuera, había normas. Y en donde había normas, mis posibilidades de participar eran mayores, vaya que sí.

Así que yo y mi burbuja absurda nos sentíamos feliz de compartir la felicidad con alguien que literalmente me manipulaba (¡Bravo por mí!: es una ironía). Pero al menos tenía algo y en quien pensar que no fuera el día a día en el colegio. Iba absurdamente orgullosa a clase pensando, les he ganado, no estoy sola, hay alguien que me quiere.

Pero como imaginaréis, las primeras parejas están destinadas en un gran porcentaje a una ruptura amorosa garantizada. En este caso, fue una deslealtad, con lo cual todo ese orgullo que creía tener se convirtió en la más absoluta de las vergüenzas.

Siempre buscaba escapar como forma de sentir que algún día encajaría. Siempre sentía que en otro lugar me aceptarían tal y como soy yo. Pero jamás pensé que quizá la razón primigenia es que tampoco me conocía lo suficiente como para saber quién era. No tenía nada claro del mundo, ni de mí, ni de lo que este podía esperar de mi existencia. Ni siquiera tenía del todo claro mis propios límites. Me había esforzado tanto en ser tantas versiones de mí, que ni yo misma sabía bien cuál era la verdadera.

Si os preguntáis si durante este proceso me vio algún especialista, si que lo hicieron, pero no eran psicólogos clínicos especializados, sino orientadores escolares. A eso hemos de sumar que, al acudir a un centro privado, la mayoría de los orientadores se dedicaban más bien al tema de la orientación profesional y la vocacional, apenas intervenían de peques, salvo para test de rigor relacionados con ese ámbito y la inteligencia, nada relevante en cuanto a otros aspectos. Intenté expresarme con aquellos profesionales y a menudo intentaron ayudarme, incluso alguna vez me daban la razón, pero no sabían darme una solución a mis relaciones sociales.

Llegó el momento de irme a estudiar fuera, en principio iba a una universidad prestigiosa a hacer lo que me gustaba. Menudo error fue asumir eso. Conocí a la típica persona que dice en todo momento estar ayudándote. Volví sin una sola amistad real, un embarazo y una pareja que por cada enfado familiar que tuviera, yo era la responsable. Todo el verano viví tras el teléfono esperando saber si vendría a vivir conmigo a mi ciudad o se quedaría allí. Finalmente, se vino, pero con una condición de su familia: tenía que ser en mi casa.

Como podréis imaginar mi embarazo temprano, motivó que mis padres estuvieran en crisis conmigo y con el mundo. Eso unido a mi crisis particular con mi pareja, me llevó a sentirme en una total depresión. Mientras yo asumía la maternidad y sus responsabilidades, mi pareja no había cambiado nada en absoluto, e incluso, empeoraba. Todavía recuerdo como su familia, ya estando cerca del quinto mes, me comentó que había tenido problemas de agresividad en la infancia. A partir de ahí, a pesar de que para mi la vida de mi peque ha sido lo más maravilloso y precioso que he podido vivir, me recordaron continuamente como había destruido a mi familia, la suya y mi propia vida.

No sería hasta tiempo después cuando tras una desaparición temporal de esa persona, su forma de dejarme en ridículo delante del resto y sus actitudes abusivas en los momentos más privados, cuando me hundí del todo. Le eché de casa y pedí ayuda. Ahí visité por primera vez a una psicóloga clínica.

Ella era bastante buena, le costó un tiempo que me abriese de verdad a contarle mis vivencias porque era muy escéptica. Me costaba asumir que parte del problema podía ser mi actitud, el no darme cuenta de cómo debía actuar. Hice un taller de autoestima y de habilidades sociales con ella.

En ese período, me juntaba con un grupo e intentaba aplicar lo que ella me había enseñado. No me fue mal, pero está claro que no generalicé bien el contenido cuando posteriormente no he logrado consolidar ninguna de aquellas amistades neurotípicas. Seguía siendo la rara, peculiar y algo inteligente que ayuda a los demás si se lo piden. Por supuesto también tuve alguna que otra pareja esporádica, porque una de las frases míticas de mi ex era “a ti con un crio, ¿quién te va a querer?” así que una parte de mi ego insensato, se lo tomó como un reto, y le demostré que lograría gustar e intentar seducir. Aunque visto desde atrás, creo que podría reducirse a limitarse en lo sexual para demostrarme de la peor de las maneras que seguía siendo atractiva, que era algo más que madre, que era una mujer.

Entonces, cuando me había sentido mal de verdad, cuando incluso otra persona me había vuelto a ilusionar, pero traicionó mi confianza (es decir, no tuvimos una relación, pero me mintió en cosas importantes que me llevaron a alejarme) apareció mi pareja. Y aunque no os lo creáis, tras el miedo que había cogido a todo el mundo, tras ver que no era capaz ni de mantener amistades reales, llegó la persona más sincera que he tenido a mi alrededor.

Él que me aseguró que terminaría enamorándome de él, mientras yo le insistía que estaba tan rota, que no creía que pudiera recomponerme nunca. Estaba llena de odio. Odio hacia mi existencia. Odio hacia quien era, porque estaba claro que mi yo no encajaba en el mundo. Tras un tiempo la relación, como bien sabía él, se estabilizó y fue justo cuatro años después cuando hablando me dijo: “siempre he sabido que eres diferente, pero no me importaba, porque eres tú y eso te hace única y auténtica. La cosa es que no paras de tener bajones importantes, bajones que te consumen. Algo te está sucediendo, estudio en la carrera diagnósticos, pero no sabría decirte cuál. Solo sé que necesitas ayuda, algo que también me ayude a saber cómo ayudarte, porque me siento totalmente perdido ante tantas explosiones emocionales”.

Ahí fue cuando por primera vez me planteé el acudir a un especialista. Contacté con un psiquiatra. Tras una hora de consulta con pocas preguntas me dice que cree que soy TDAH, con Altas Capacidades y Ansiedad Generalizada. Que esa ansiedad provenía de unas oposiciones que estaba intentando y que si probábamos el metilfenidato seguro que me iba genial.

Honestamente, si me preguntáis actualmente, creo que jamás me volvería a fiar de alguien que te intenta diagnosticar en una hora, pero estaba tan mal y en mi cabeza me resaltaba la palabra “especialista” que me lo creí. Por eso empecé con la medicación y qué decisión tan mala. Al principio, sentía pocos momentos de verdadera concentración, pero con la subida, sentía que estaba demasiado hiperencendida. Había momentos que quise llorar (por ejemplo, en una discusión) y me eché a reír. Mis errores sociales ahora se me venían a mi de forma constante, como si los viera con un luminoso de los dibujos animados. Fue horrible. Al cabo de unos meses hice la temeridad de dejarlas en seco. No noté mejoría, pero tampoco empeoramiento hasta mucho después, donde me volvía a sentir yo. Entonces me di cuenta de que algo no iba a bien. Esa no era mi respuesta.

Fue entonces, como la mayoría sabéis, cuando contacté con la comunidad autista. Todavía le debo mil gracias a Lara (@Asperchica) por meterme en aquel grupo, y sobre todo, porque al entrar en él, conocí a Aida (@AidaTrazos). Para mí el autismo en mi mente estaba totalmente descartado. Todas las referencias de chicas las tenía de autistas muy profundas o severas (incluso algún profesional me había llegado a decir la barbaridad de que la amplia mayoría tenían un diagnóstico de síndrome de Rett), con lo cual no me sentía para nada identificada. Tardé varios meses, en el que Aida estuvo convenciéndome y enseñándome que mis ideas eran erróneas, hasta asumir que realmente era autista.

Entonces contacté con Dani Millán para mi diagnóstico autista, aun cuando por estos lares del twitter él era menos activo de lo que es hoy. Le fui con la sospecha y mi listado de cualidades y posibilidades. Me hizo mogollón de pruebas que si números, viñetas, ya ni recuerdo todo el proceso bien de lo nerviosa que me sentía. Solo necesitaba saber si pertenecía de veras a esa comunidad que me había adoptado y hecho parte de ella, porque era lo único que tenía parecido a una amistad que no fuera mi peque y mi pareja. El único sitio donde me sentía escuchada y libre. Entonces llegó el diagnóstico: autista grado I (Tipo Asperger) y la mejor parte de aquella etapa, sentirme liberada (y no mentirosa) por decir que ya tenía el papel, aun cuando prácticamente mis ahorros los gastaba en las sesiones. Me daba igual. Era lo poco que tenía seguro, mi identidad, mi yo, por fin me entendía de verdad. Entendía mis bajones y mis enfados, entendía mi falta de energía cuando salía de un centro comercial; entendía porque no siempre llegaba a entender del todo al resto de personas. No hay dinero en el mundo que pueda comprar esa paz interior de por fin encontrarte.

Por eso, si has llegado hasta aquí, si tras leer mi historial de soledad, abusos, más soledad, más abusos, no entiendes que quizá necesité ayuda muchas veces y nadie me escuchó, estás realmente cayendo en un fatal error. Durante tiempo atrás, me había convencido de que estaba literalmente rota. Que era básicamente un error de la naturaleza, porque el resto no era como yo. Acceder al diagnóstico fue lo mejor que me pudo suceder y yo no elegí ni cuando, ni siquiera el cómo, simplemente me vino el momento. Y si me preguntáis, ¿Y tus padres no sospechan que algo te podría suceder? Si, me tratan diferente al resto de mis hermanas, actúan distinto y cuando se les mencionó el inicial del TDAH dijeron algo como: “hablar de nuevo de estos temas, no”. Lo malo, que por más que he intentado buscar, no he encontrado nada de información en casa, así que deberé conformarme con lo que tengo actualmente.

Por eso cuando veo un puzle, me enervo, representa toda esa etapa donde no paran de decirte de mil formas que no encaja. Cuando veo el azul como símbolo autista, aunque sea mi color favorito, recuerdo cada persona no normativa, por su raza, identidad u orientación sexual, que no recibe el diagnóstico cuando más lo necesita. Me enervo cuando se defiende quien busca nuestra desaparición tanto como quien trata el autismo como una enfermedad. También cuando alguna persona en su posición socioeconómica viene diciendo que no eres autista hasta que no tienes el papel. No estoy enferma, no estoy rota y ni mucho menos hay nada malo en mí. Soy autista desde que nací, lo seré hasta que me muera y si algo he aprendido, es que lo que me aportan muchas personas autistas de mi #autisteam, no siempre me lo aportan personas neurotípicas de mi entorno. Pero no voy a consentir que, sea quien sea, se llame como se llame, nos divida entre autistas de primera o de segunda, por nuestro supuesto “alto o bajo funcionamiento” o nuestra edad de diagnóstico. Cada autista ha experimentado un millón de sensaciones, emociones y situaciones hasta por fin tener la respuesta, y nadie es quien, para no respetar lo que ello implica.