Capítulo 1. Ingenuidad.


Mis primeros recuerdos los tengo con unos 4 años. No quiero ni puedo ocultar que mis padres aun siendo de clase media vivieron una etapa donde con estudios, un poco de suerte y mucho esfuerzo las cosas te iban bien. Ambos pudieron estudiar en la Universidad y lograron en poco tiempo buenos trabajos que les ayudaron a intentar darnos lo mejor dentro de sus posibilidades.
Así, iba a un cole que molaba mucho. Tenía caballos y piscina y me encantaba el entorno porque tenía mucho césped para jugar y a veces nos llevaban al campo que estaba cerca. Recuerdo que me encantaba el espacio, pero no me apasionaba la gente que me rodeaba. Siempre acababa peleada por tonterías con las chicas así que generalmente jugaba con los chicos. La que decía ser mi amiga siempre me daba de lado en el bus y se sentaba con otra. Recuerdo lo mucho que me entristecía eso, pero siempre tenía a mi amigo “A” que me alegraba los días. Lo conocí cuando tenía ya mis cinco, aunque él iba un curso menor que yo, tenía una hermana que iba a clase junto a la mía y ambas madres eran muy amigas, tanto que incluso a día de hoy mantienen la amistad.
“A” era esa clase de amigo que te lo hacía pasar genial. Era un desastre como yo, le encantaba tirar cosas por el balcón de su sexto piso conmigo. Jugábamos a las pistolas de agua, escondite, Marco polo y nos hacíamos amigo de cada policía que viéramos. Viendo cómo es su familia (son muy conocidos donde vivo y de esos que tienen miles de amigos) hoy en día no me extraña su actitud hacia la vida. Lo llevaba en su ADN, una familia disfrutona que les gustaba más cualquier acto social que una misa. En cambio, yo, no era para nada así.
Era experta en meterme en líos, quería ser tan fuerte y valiente como cualquier chico que decía serlo. Desde que tenía dos años, por múltiples razones, he pisado el hospital por varias caídas con sus torceduras varias, pero no me importaba. Él era mi compañero de aventuras favorito e incluso hoy, aunque haya pasado el tiempo, si me llamara con cualquier necesidad iría sin lugar a duda. Si algo aprendí es a ser leal, pero con él, da igual cuanto tiempo pase, siempre tengo la sensación de hogar cuando nos encontramos. A veces solo siento que nos veamos tan poco sabiendo que ambos tenemos tan gratos recuerdos.
En aquél entonces mis tardes no eran muy entretenidas. Iba al logopeda, le llamaremos “Logo”. Un hombre magistral en su trabajo. Su soborno principal eran los SUGUS y tenía siempre unos juegos entretenidos en la Sala de espera. Las sesiones eran de 30 minutos y me flipaban cuando usaba a Pipo (el del juego del ordenador). Por entonces, los ordenadores no se veían en todas partes y no estaban en los hogares, así que tener un estímulo así era una pasada. Iba al logo por un leve retraso en algunos aspectos del lenguaje (no sabía decir ni la Bl, br, la erre tampoco sabía y me costaba alguna que otra cosa más). Me encantaba y me sigue flipando inventarme palabras por como me gustase su sonido fonético. Creo que esto último alguna vez motivaba alguna risa.
Las niñas no se reían de mí, pero pasaban de mí. Los niños según les pillara. La realidad es que las horas de colegio se me hacían larguísimas. Me sentía muy sola. Las niñas eran demasiado frustrantes para entender sus intereses, y los chicos, simplemente me lo ponían difícil porque era una chica y no aguantaba sus juegos. Más de un día me castigaban por culpa de meterme en un lío para tener la aceptación de ellos. Creo que nunca llegaron a hacerlo del todo, nunca era lo suficientemente buena para jugar al fútbol o al pilla-pilla. Pero bueno era lo que había.
En cierto modo era una rebelde. Con esa edad ya sabía escaparme por el campo del propio patio para no ir a clase. Creo que si mi madre lo supiera, se hubiera enfadado conmigo y con el centro de forma desmesurada, pero ciertamente, me sentía mejor fuera que dentro de esos espacios.
Así como anécdota a un recuerdo como en uno de los múltiples intentos de mi madre por hacerme más sociable me apuntó a baile y como con el mismo tacón, acabé rompiendo un cristal de una ventana. Si, me dedicaba a lanzarlo con la goma como si le diera una patada al aire. Obviamente, acabé castigada por ello.
La de cosas que hice porque aquellos chicos me aceptaran no eran naturales. Recuerdo llegar a desnudarme para vernos mutuamente nuestras partes íntimas en el patio porque mi teoría es que no podíamos ser tan distintos. Menudo error más grande cuando vi que todos se reían de mí y no del otro chico que también tuvo curiosidad. Lo que para mi era mera curiosidad se había convertido en objeto de burla. Mi familia nunca llegó a enterarse (menos mal) pero empecé a ser la paria del grupo.
Afortunadamente, creo que el destino a veces juega buenas y malas pasada. En plena crisis, tuve un accidente en el fin de semana que me supuso meses de escayola en el pie. Me impidió ir a clase (me mandaban los deberes a casa por estar aun en enseñanza no obligatoria) y creo que eso ayudó a calmar las cosas.
En casa ese tiempo fui muy feliz. Jugaba a todas horas con mis juguetes apañándomelas, arrastrándome cual soldado. En el hospital, además, me dedicaba a robar galletas de más cuando tenía las revisiones y me iba a la Sala de juegos. Se que conocí a algún chaval con patología más grave pero no los recuerdo. Quiero creer que les fue bien. Se que nos picábamos con la consola y que el olor y dolor de cuando me cambiaban la escayola lo recuerdo como si fuera ayer.
Así que imaginaros, en mi libre albedrío, era la más feliz del planeta. Tenía todo cuanto quería porque no había mucho que demostrar. Hay que tener en cuenta que “A” me venía a ver en ese período y jugaba también conmigo.
Por entonces, ya se empezaba a formar la pandilla de mi urbanización y mi amiga “L” con otros más venían a verme también. A veces también venía mi amiga “E” que era más mayor y le gustaba jugar a los aviones o a las clases conmigo, y aunque no formase parte de la pandilla, era siempre muy amable conmigo. Todos marcaban el juego que tenía que seguir y aun siendo la más pequeña de los 17, me cuidaban y trataban de que estuviera. La única que protestaba más (y llegó a pillarme un dedo con la puerta por ello) era mi hermana la mayor. No echaba de menos nada del colegio porque no tenía nada que extrañar.
Vale que nunca encajaba del todo, pero nunca estaba sola y eso me hacía feliz. Daba igual que en el cole fuese una paria al volver o que me hablasen o mirasen raro. Yo me sentía segura de mi y de lo que tenía en mi Urbanización que sentía que era mi hogar en su totalidad. Podía jugar a las pistolitas de balines, ir de una casa a otra, jugar a darle al timbre de la casa de algún vecino extranjero y salir corriendo…era una especie de paraíso de juegos.
La vida fue bastante sencilla hasta mis 8 años así. A partir de ahí vino el primer cambio y de ahí, mi primera hecatombe.