Capítulo 2: Huída

Para cuando tenía los 8 años, hacía más de dos años que no veía a mi Logo. Hablaba fantásticamente y me había quedado un acento perfecto, o al menos, eso me decían y me hacían pensar de inicio.


Entonces, algo en mi entorno familiar se iba gestando. Mi hermana “G” como abreviatura de grande, empezó a sufrir acoso escolar. Yo escuchaba cosas por casa al principio, pero no hacía demasiado caso. Además, mamá estaba embarazada y su embarazo era de riesgo, así que desde el sofá se pasaba conmigo las tardes mientras ella cosía cosas para el bebé y yo hacía petit point (una especie cuadro pequeño a rellenar con hilos de lana y una aguja grande de plástico) para hacer algo con ella. Hay que tener en cuenta que nuestras salidas, con el inicio del curso, eran más limitadas por orden de mamá, así que era más aburrido que de costumbre.

“G” en esos momentos no era exactamente la gran hermana que podía ser. Apenas jugaba conmigo y a mi me encantaba que me hicieran caso. No digo que a veces no jugáramos, pero no era lo habitual. Ella se quería salir con la parte de la pandilla que tenía su edad y me quería dejar en casa sin ir con ella. Supongo que parte de ella no sería consciente de lo mucho que me gustaba que me dejara estar ahí. Hasta tal punto llegaba la cosa que una vez tuve el dedo corazón (o el tercer dedo) con una venda por pillármelo con la puerta de seguridad de la casa en uno de sus portazos. Así que si, tenía amigos, pero al mismo tiempo, era difícil seguirles el ritmo.

En casa, desde que tenía dos (y hasta hoy en la actualidad) trabaja “M” que es para mi como una segunda mamá, básicamente, porque a menudo estaba más tiempo con nosotras de lo que podía por trabajo nuestra madre. Ella me ayudaba muchísimo a integrarme y si algo se de moverme socialmente, se lo debo a ella y a mi amigo “A”. No se me dará perfecto pero algo iba aprendiendo a moverme entre tanta gente.

Ello me sirvió para cuando iba a la catequesis. Callada pero dispuesta me gané a la catequista de mi parroquia y conseguí que durante una racha me dejaran leer en misa (eso era como lo más de lo más porque competía hasta con abuelitas que les gustaba leer). Me sentía reforzada porque decían que mi dicción era perfecta. Por primera vez parecía que en un sitio se me valoraba por mis cualidades, o al menos, eso pensaba mi yo de pequeña.

Paralelamente, y sin yo ser consciente de que aquello, dos hechos cambiarían mi vida y decantarían la hecatombe primera de la que os hablaba: el primero, es que mi hermana “P” como abreviatura de pequeña, nacía mientras todas estas cosas iban pasando. Creo que no volvería a sentir una sensación de amor tan grande al verla como la que he sentido con mi propio hijo. Era un bebé precioso y hasta me dejaron cogerla encima de un sofá. La segunda, fue que el acoso escolar de mi hermana “G” iba a más y estaban planteándose mis padres el cambio de centro. Hasta ese momento no sabía si a mi me iba a suponer un cambio o no, como finalmente supuso.

¿Sabéis que es más fácil ser víctima de lo que parece? Tras los hechos sucedidos del capítulo anterior, odiaba ir al cole. Los niños no todos eran desagradables, todavía algunos querían jugar conmigo, pero no sentía para nada que fuera mi sitio. Las niñas si se reían más. Mis formas eran más bien salvajes pero me gustaba ser así. Me gustaba pensar que era fuerte y valiente y creo honestamente que lo transmitía. Pero eso empezó a hacer que en los recreos me juntara más con mi amigo “A” y otros de un año menos que yo porque con los de clase, sentía que era imposible poder ser quien era.

Por eso, cuando mis padres me vendieron de algún modo que, con el cambio de cole, que estaba más cerca de casa, podría dormir más y llegar antes a casa, incluso comer en casa, dije que si sin pensarlo. En mi otro cole, por la distancia, todo el mundo teníamos que comer en el comedor (cuando digo todo el mundo, es todo, solo se libraba una niña cuya casa de campo estaba justo al lado). Pero a esa edad nadie te explica que conforme creces, equilibrar quien eres con los demás, se hace aun más y más complicado y que encima, al darnos la noticia en septiembre, no tenía nada preparado y debía corriendo hacerme con todo lo necesario.

Como podréis imaginar, una autista, sin anticipación y por mucho que le gustara la idea, me sentí totalmente cohibida y exhausta. Me había tocado una tutora de tercero de primaria que no entendía nada el como era. Apenas hablaba con nadie y era incluso peor, porque más se acercaban. Encima, ellos iban más adelantados en algunas materias y lo que iba a ser llegar antes a casa para descansar, fue llegar antes a casa para memorizar las tablas de multiplicar. Recuerdo con horrores ese año y tardar casi el curso en dominarlo junto con el principio de la división mientras los de mi clase iban holgados. En cuanto a lo social, para mediados de curso tenía un grupo más o menos hecho de quiénes éramos más frikis y nos gustaba Pokémon. Ese año me regalaron el tamagochi de pikachu con cuenta pasos, y a escondidas, me lo llevaba al cole para cuidarlo. En una de esas veces, una de las profes me lo confiscó. Creo que nunca he llorado tanto en mi vida y, probablemente, es de los primeros colapsos que recuerdo desde que me pasara algo físico. Tuvo que devolvérmelo por detrás al final del día de cómo me vio. Recuerdo que me dijo:

<<¡Hey!, no me importa que lo traigas, pero en clase no puedes usarlo, ¿vale? No estoy enfadada, pero si solo cuidas al tamagochi no te vas a enterar de nada>>.

Tardé una semana en volver a levantar la mano en su clase o dirigirle la palabra a pesar de que era una de las mejores profesoras que he podido tener. A pesar de saber que estaba haciendo algo malo, me costaba perdonarle que me quitase el objeto más querido que tenía en ese momento.

Pasaba el curso y en una de esas, uno de los de la clase, me escuchó hacer una ecolalia. Eso y que me gustara un chico de los que había en clase y supongo que se me notara, hicieron que las burlas fueran a más. Incluso gente que no se metía conmigo, con frases del tipo «no pareces de aquí cuando hablas» o «deja de hacerte la interesante hablando tan fino» me dolían. Tanto fue así que, para intentar que no me llevaran a clase, simulaba o aprovechaba caídas o intentaba hacerme daño, más que para romperme algo, para tener una venda una semana o así, pensando que funcionaría como el año de la pierna. No sé cuantas veces me llevaron al materno durante ese curso y los dos siguientes, pero mis padres tampoco parecían extrañados. Asumían que como yo era una niña “movida” era parte de no estar quieta. Para entonces además era una niña que sacaba en casi todo sobresaliente, por tanto, no había demasiado por lo que preocuparse visto desde fuera.

Creo que eso junto al año siguiente la muerte de mi bisabuela, promovieron que me sintiera exhausta. Aunque podía tener gente a la que considerar “amiga” nada me hacía sentir parte del grupo realmente. Me obsesioné con saber que pasaba cuando la gente moría y preguntaba sobre ello de forma tan constante, que llamaron a mis padres. Mi madre se limitó a decirme que era lo suficientemente inteligente como para saber que de ello no se hablaba. Y así fue como finalmente lo dejé a un lado.

En torno a los 10 empecé a experimentar qué pasaba cuando mentías. La verdad es que creía hacerlo muy bien, pero ahora que lo recuerdo, que básicamente no me lo tenían en cuenta en casa. Nunca era nada demasiado importante. Eran cuestiones del tipo, no querer hacer los deberes o algo así.

“A” paulatinamente lo fuimos viendo menos y en la pandilla, aunque ya me hacían más caso, tampoco es que fuera fluido. Intentaba irme con los niños a jugar a pistolas de balines o con los tirachinas. Ni siquiera jugando a los videojuegos me tenían en cuenta igual, así que era todo como estar rodeada de gente, pero nunca sentirte del todo acompañada. “L” se volvió una tirana jugando así que empecé a pasarme solo de vez en cuando, porque solíamos acabar discutiendo. Luego estaba una familia de tres hermanos que el mayor era un solo año más grande, eran algo estirados si lo veo desde fuera con mi percepción adulta, pero a mí siempre me trataban super bien. No les dejaban mucho rato libre, pero era también un buen sitio de visita para jugar, porque aun no teniéndome siempre en cuenta, tenían una cama con tobogán que me flipaba, un gran cuarto de juegos y un conejo por mascota, los cuales, eran grandes alicientes para mí.

Tampoco sabía tratar del todo bien a mi grupo del cole de “amigos no amigos”. Cuando me enfadaba tendía a pegar una patada en la espinilla, como solía hacer a un amigo de mi tío, quien me reía la gracia. Ahora se ve que la gente no se reía si hacías eso y podían dejarte de hablar. Y aunque siempre terminaba haciendo las paces, creo que dejé impregnada de nuevo la imagen de “niña salvaje” y eso no les gustaba demasiado. Mi gestión emocional era nula. Encima para entonces fue cuando mi mejor amigo pasó a ser mi “novio”, es decir, simplemente con alguien a quien ves más, porque para entonces ni besos ni nada e incluso a él, llegué a hacerle eso. Pero una parte de mi seguía pensando que al menos era la chica más inteligente de la clase por mis notas. Menudo error fatal.

De repente, en sexto, plena preadolescencia, llegó el prototipo de chica perfecta. Sacaba buenas notas como yo, era bailarina y encima era más calmada y comedida que yo. Todos los chicos, inclusive mis amigos, empezaron sistemáticamente a fijarse más en ella. Había un concurso por notas y hasta la votaron a ella porque fuera participante. Entonces, destronada de alguna forma de mi propio trono mental de chica inteligente, mi “novio” y un grupo vamos un cumple. Allí nos empiezan a presionar para darnos el primer beso. Beso que al escribirlo en mi diario me costó una bronca con mi madre. Dos meses más tarde me dejó porque me dijo que ya no le gustaba, le gustaba más esta chica.

Para colmo empezaba la crisis entre mis padres y era horrible. Me convertí en una especie de manta de llorar de mi madre. Me daba detalles de lo que le molestaba de mi padre. Entonces creía que era confianza. Ahora entiendo que quizá no era lo mejor ni para ella ni para mí.
Así que me vi sola de verdad y sintiendo los problemas de casa de verdad. Ya no podía salir con mi grupo sin más, solo con parte de él, porque él mismo no quería estar conmigo así que no me llamaban (y si a esta chica). Tampoco era la mejor en las notas. Ya no era nada.

Había perdido mi identidad y ni siquiera era del todo adolescente. No sabía como ser para que me aceptaran como al principio. Para ser parte de algún grupo o algo. Había perdido el rumbo de hacia dónde ir o qué hacer.

Me mandaron una quincena a Reino Unido ese verano antes de pasar a secundaria para “quitarme del medio” y que no pensara que estaba sola. Pero era inevitable. Nadie me había enseñado a escucharme o a tener en cuenta mis emociones y saber gestionarlas.

Visto ahora, era una chica de 11 años con una capacidad emocional de una de 7, perdida, con sensación de estar sola y probablemente con síntomas de depresión, que estaba aprendiendo de forma inconsciente que si algo va mal, lo mejor es huir ¿Qué podía ir mal?